lunes, marzo 26, 2007

viejas cartas

26 de marzo

Cuando alguien nos abandona, físicamente, emocionalmente, de cualquier modo, las personas nos quedamos con una imagen en la memoria de algún tiempo anterior al abandono. Cuando nuestros amigos y parientes mueren, los recordamos más atrás de aquel ultimo momento, y su condición de moribundo parece un persistencia molesta en nuestra mente, algo imposible de aceptar. No deseamos el cuerpo corrompido, la angustia de los últimos momentos que aparece siempre como un destello en los ejercicios de memoria para relatarnos que la vida es cruel y estúpida. Deseamos que aquel ser vuelva, con un sonrisa que se fija en nuestra alma como la más característica del mundo, cuando probablemente constituye una mentira.
Cuando el marido se va de casa y no se le vuelve a ver, tal vez la mujer piensa en aquel hombre joven después de tantos años, un recuerdo que no lleva canas ni arrugas en su configuración. Cuando también el recuerdo envejece, es porque ya no esperamos que nadie vuelva. Ya no esperamos nada, ni una satisfacción, ni una visión de justicia. Queda entonces la soledad de uno mismo frente al perdido ser amado. Frente al deseo en vano. (...)

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Los celos son una fuerza misteriosa. Creo que muchas personas de ahora, aquellas que crecimos en cierto ambiente feminista o aquel que intentaba ser más racional que emocional como una postura política frente al populismo prisita (entonces la izquierda intentaba ser diferente, era una cosa de células y elites que sabían a Marx porque se sentian obligados, que alfabetizaban campesinos, que tenían un pais aun más necesitado que el de ahora entre los labios pero cuya lucha tambien quedaba màs en vano) y a la visceralidad de la derecha asistencialita, los que teníamos la mancha histórica, el conocimiento histórico del fascismo; aquellos que comprendimos pronto que la televisión abierta era demasiado estúpida para ser cierta ( lo de la televisión podría ser peor, podríamos vivir en España, aunque no estoy seguro ya de eso si le dan un programa a alguien como Daniel Bisogno); creo que a estas personas no se les crió para no sentir celos. Estas personas fueron criadas para sentirse avergonzados de tener celos, para ocultarlo cuando lo sintieran. Luego sucede como siempre, cuando estallan es como una fuente de entrañas en el fondo, de angustias que carcomen, que no saben expresarse moderadamente. Se nos dijo que había que confiar en las personas, que las personas toman las decisiones correctas, que no hay que ser posesivos, manipuladores, que no hay que ser irracionales. Por supuesto que todo esto es cierto. Hay que confiar y no queda otra cosa. Pero la vida siempre ha ido a darle en la cara al mundo. ¿Cuál es la línea, la diferencia sana, entre proteger algún derecho que creamos ganado por medio del amor o el compañerismo, cuando es que tal vez el otro necesita escuchar algo así antes de apresurarse a decidir algo sin pies ni cabeza, cuando el otro DESEA escuchar algo así, y cuando es que uno se pasa de la raya y se convierte en una persona posesiva? ¿Y si todas las situaciones se dan al mismo tiempo? ¿Sería bueno tragar nuestros sentimientos mientras pasan sobre nosotros? ¿Dónde reside nuestro derecho a amar a alguien contra su voluntad? En el peor de los casos, a negarle una opción de vida que nosotros no podríamos mejorar sólo en base a un sentimiento. Los celos son una fuerza misteriosa, el amor muchas veces es sacrificio. Pero también tiene que ser un premio. El amor levanta muertos de sus tumbas y cura con saliva los ojos de los ciegos ¿Me equivoco? (...)

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(...)La realidad y el deseo: si no existe la redención, cuando menos hagamos literatura de nuestra vida, literatura de la realidad, que tambien es un mundo interior. Literatura imperfecta y sentimental, como la vida. No arte, porque mi vida no lo es y no me creo con el talento suficiente para lograrlo. Tal vez sólo un pasquin, triste remedo de la belleza interior. Pero hay que morir en el intento. Cosa rara y graciosa, este intento siempre termina con la muerte.

Intentar ser sincero como un acto de contricción, y sólo puede ser tan sincero como un acto de tal naturaleza lo es. Podria jurar que pecamos todos por omisión, por palabra, pensamiento y acción en el mismisimo banquillo del confesionarío.

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LA REALIDAD Y EL DESEO - Olga Orozco

a Luis Cernuda

La realidad, sí, la realidad,
ese relámpago de lo invisible
que revela en nosotros la soledad de Dios.

Es este cielo que huye.
Es este territorio engalanado por las burbujas de la muerte.
Es esta larga mesa a la deriva
donde los comensales persisten ataviados por el prestigio de no estar.
A cada cual su copa
para medir el vino que se acaba donde empieza la sed.
A cada cual su plato
para encerrar el hambre que se extingue sin saciarse jamás.
Y cada dos la división del pan:
el milagro al revés, la comunión tan sólo en lo imposible.
Y en medio del amor,
entre uno y otro cuerpo la caída,
algo que se asemeja al latido sombrío de unas alas que vuelven desde la eternidad,
al pulso del adiós debajo de la tierra.

La realidad, sí, la realidad:
un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.