sábado, junio 23, 2007

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Uno

En algún lugar había leído de la psicosis de las grandes ciudades, de cómo se apodera de las personas que llegan de fuera. Mas concretamente la ciudad de México, con su imposible gentío y su clima despiadado.

Hoy fui al centro de la ciudad, a comprar software pirata en los puestos callejeros y pedir la cotización de un nuevo disco duro para mi laptop en un puesto de dudosa reputación. Hacía un sol de mierda y por alguna extraña conjunción astral toda la gente decidió salir de sus casas el mismo día que yo. Imaginen, por lo menos, unas tres millones de personas alrededor de uno.

Y yo iba por ahí, odiando a la gente. La odiaba con todo mi corazón y con todas mis energías. En ciertas condiciones, más cuando esta en riesgo la propia individualidad, es fácil volverse un misántropo. Dios, cómo odio está ciudad, Dios, cómo odio a cualquier ser viviente que se retuerza en sus calles horribles.

Y allí voy. Paso por la Alameda, el antiquísimo parque de la ciudad. A alguien se le ocurrió que sería pintoresco y tercermundista y atractivo poner policías montados a caballo en el parque. Tengo que pasar por ahí, forzosamente, y el policía está ahí, con el maldito caballo “estacionado” horizontalmente, ocupando la mitad del corredor. Es un animal enorme y yo tengo que pasar detrás de él. ¿Saben lo que le hace a uno una patada de caballo en la cara? Pero el policía no nota que la gente tiene que pasar detrás de él. De algún modo se supone que todos los seres del mundo estamos habituados a pasar detrás de bestias nerviosas de metro setenta de altura y seiscientos kilos de peso con músculos poderosísimos. Y el policía está ahí, con su sonrisita lerda hablando trivialidades con un tipo a pie. Y yo pienso ¿Qué le cuesta mover el caballo de modo que no ocupe la mitad del camino y la otra mitad no este a merced de sus patas traseras? Recuerdo un escándalo de hace algunos años, cuando unos montados violaron a una mujer en las caballerizas de la policía. Hijosdeputa. Paso con miedo, como tapándome la cara.

Luego la caminata por Eje Central. Está imposible. A los lados de la acera se llena de puestos de comercio informal dejando libre sólo un corredor de un metro, en donde la genta camina en dos direcciones. Los maldigo a todos. Que fácil es estar enojado en las circunstancias. Me encuentro uno de esos tipos que con una reja de madera para frutas, una pelotita y tres tapaderas de gerber estafan gente en la vía pública. Me detengo pensando que ver como estafan a alguien me alegrará el día (a ese grado a llegado ya mi malestar). Pero no me doy cuenta de lo hábiles que son. Hay tres personas apostando alrededor, estoy seguro que dos de las personas están coludidas con el tipo de las apuestas. Tan viejo es el sistema, el que vemos en películas, en la televisión, con mafiosos italianos o viejos chinos que aprovechan para robarte. Me da risa que no haya cambiado nada. Así que me detengo a observar como supuestamente estafan al tercero. “Pobre tipo”, pienso con aire de superioridad y de diversión ante la desgracia ajena. El tercero se saca un billete de quinientos pesos y lo apuesta sobre la tapadera de gerber donde de hecho está la bola, pero entonces sucede algo tan veloz que ni siquiera lo noto. El tercero pone el dedo sobre la tapadera y me dice: “detenme aquí en lo que me saco otro billete, para que no me mueva la tapadera”, y yo, emocionado, lo hago, esperando como culmina la estafa, ayudando un poco. Pero la bola sigue ahí, y el tercero cobra y le dice al que mueve las tapaderas “dale doscientos” y me señala con la cabeza. De pronto me encuentro con doscientos pesos en la mano. Casi me alegro, pero no se concreta mi alegría. Se cambia por un poco de admiración, que hábiles estos estafadores, ya me metieron de cabeza en el juego. Entonces los tres están coludidos. Parece que algo si ha cambiado después de todo desde las viejas películas de Kung-Fu. Les arrojo el billete porque descubro que la estafa va un poco más allá. En realidad no se trata de ganarte el dinero con un método tan viejo, se trata de saber cuanto traes para asaltarte más adelante. De otro modo no se arriesgarían a dar doscientos pesos desde un principio y a alguien que no ha jugado. Maldita ciudad. Ahora estoy acalorado, enojado y asustado.

Más adelante están reasfaltando un par de calles. Los puestos de comercio ambulantes en lugar de quitarse se apiñan alrededor de la valla de construcción, dejando entonces un corredor de cincuenta centímetros para pasar. No puedo creer la avaricia obscena de esta gente que no paga impuestos y que se asocia en mafias, que atenazan al gobierno con plantones, y sobre todo, que no me dejan caminar. Me da tanto asco la gente de las grandes ciudades. Estoy entonces en un embotellamiento, pero de personas, no de automóviles. Un embotellamiento de personas. Pienso en empujar al de adelante, pero me detiene saber que no solucionará nada. No me detiene saber que la persona no tiene la culpa de estar atrapado, sino la inutilidad de hacerlo.

Entre tanta gente, uno utiliza el enojo y el odio como enajenante, cómo alienante.

Dos

Sin embargo hay cosas, pequeñas cosas, donde sobrevive la humanidad. Los defeños pueden ser simplemente maravillosos, hay cosas que inventaron para no perderse entre ellos. Son cosas que al principio me chocaban, cuando llegué a vivir desde mi ciudad de provincias. En el autobús, cuando el chofer no se comporta como un salvaje y llega a su destino final, su base, las personas le agradecen al bajar. Gracias, gracias, muchas gracias, hasta luego, cuídese, etcétera… En las fondas y restaurantes, llenas de burócratas a las dos de la tarde, las personas se dicen “provecho” después de pagar la cuenta. A los desconocidos de la mesa de enseguida le dicen provecho, ellos con la boca llena de tortillas le responden gracias, o igualmente. Dicen estas cosas como si fuera el saludo de paz de la misa. Y me pregunto si no tendrá ahí directamente su origen.

Es una cortesía aparentemente superficial, pero es cómo un gesto de civilización en la barbarie. Digo que es aparentemente superficial porque así lo parece, pero poco a poco permea en uno. De pronto me descubro diciendo gracias al bajar del autobús, diciendo provecho en el puesto callejero de comida o al salir del restaurante. Frases que en mi ciudad natal se dejaron de usar hace treinta años pero que en el Distrito Federal aun conservan como costumbre varios millones de personas.

Tres

Me quejo amargamente de los puestos callejeros, pero compro el software en uno. Este en particular lo atienden dos personas, una muchacha de unos veinte años, morena de piel, pequeñita, con un vientre redondo y bonito de embarazada y un hombre de unos veinticinco que no sabe nada de computación pero tiene la labia de todos los merolicos. Me decido por dos y se va corriendo a donde sea que tienen almacenados los discos compactos.

– ¿Y sabes mucho de computación? –me pregunta la mujer. Le comienzo a explicara que quiero el software para hacer diseño, que tengo una computadora que viene sin nada incluido, etcétera, etcéteras.

–Pero tú no eres de aquí ¿verdad?

“Aquí” es la ciudad de México. Mi acento norteño me delata todo el tiempo, pero no me importa Pienso en ese momento que es un recurso más agradable para mantener la individualidad que el enajenamiento. Me pregunta si me gusta la ciudad, si me gusta más que Chihuahua. No hay modo de comparar mi ciudad de provincias gogoliana con esto, pero no puedo decidirme. Le digo que los dos lugares tienen sus ventajas, y pesar de todo lo que he venido pensando de camino me descubro de pronto sintiendo cariño y afecto por ambas ciudades. No, no me gusta más que mi ciudad de provincias, pero tiene cierto encanto esta mole y estas calles que de pronto recuerdan un mercado asiático.

Seguimos hablando, me cuenta de que tiene ocho meses, que la ciudad es difícil, que ya no puede viajar en metro por el bebé que viene, que su esposo tiene una motoneta pero ya también es imposible. Su cuñado los recoge en la noche, pero hay que darle dinero para la gasolina. El vendedor regresa y se encarga muy bien de darme correctamente el número de serie del programa.

Más adelante veo de nuevo a los estafadores, se les ha sumado una cuarta persona, que saca billetes a raudales de su bolsillo. Ya no puedo decir si estaba con ellos o lo estaban estafando. Me alejo para que no me reconozcan. Un poco de amargura y desencanto vuelve a salir.

De regreso al departamento, por el Palacio de Bellas Artes, a un grupo de escolares les ha parecido ingenioso hacer plantón afuera, con pancartas fosforescentes que anuncian “abrazos gratis”. El performance o lo que sea no es nada ingenioso, peor aun, ni siquiera es original pero lo hacen muy bien. Sonríen entre el gentío y yo me siento condescendiente de pronto. Una de las chicas me abraza, luego, para ser incluyente, abrazo a uno de los chicos y sigo caminando. En la alameda me aborda una muchacha de 19 años, pequeña y de grandes ojos, vende chocolates a sobreprecio. Se ha hecho de una tabaquera de madera que ha forrado con tela de colores y botones. Pasa enseguida una pareja de homosexuales, que no son delgados, ni altos, ni hermosos. Pero van abrazados y en la mirada se les nota un cariño inmenso entre ellos. Pienso en lo milagroso que tiene que ser un lugar para que dos personas puedan sentirse tan agusto entre ellas. Son tiernos juntos.

El policía montado está más adelante. El caballo sigue ocupando todo el camino, pero un niño con su papá están frente a él. El niño se sobresalta con el animal, pero no puede dejar de desear acercarse. El policía se desmonta y lo toma por la brida. “Que no te de miedo tocarlo” dice, y le da una buena nalgada al animal, que ni siquiera se mueve. El niño se acerca.

8 comentarios:

Royal Majesty Queque dijo...

Jijos, pues cómo no iba a estar lleno si sábado es el sábado del centro. Jaja los performanceros, se están poniendo rudos como los que más. El embotellamiento de personas es lo peor de todo el mundo, AH! los odio a todos y ya no es enajenante, ya eso era. Onda el metro cuando se atasca, que te tienen que empujar y jalar para salir, hazme el mamón favor.

Malditos lugares llenísimos que ni puedes caminar. Hasta parecemos nipones.

Yeah yeah in da club, yeah yeah yeah yeah (8)

Carlos dijo...

que buenisima cronica. lo mas cagadisimo de lo cagadisimo en la croniquisima es el A ALGUIEN SE LE OCURRIÓ QUE SERÍA PINTORESCO Y TERCERMUNDISTA!!!

jajajajaja

JAJAJAJAJAJAJA


pero termina haciéndome ver que debo vencer mi timidez estupida y decir "gracias" al bajar del puto pesero... aunque el lerdo traiga narco-corridos decadentes a todo volumen... pinche generacion mierda que va perdiendo todo rastro de civilidad... ya ni cedes el asiento ni nada!!! esta ciudad nos transforma en... TRANSFORMERS

tuuuu tu ru tu tu ruuuuu

transformers!!

Carlos dijo...

ps.- estan chidas las imagenes esas del sidebar... no seas buey y dime de donde saca uno un chingo de esas para ser mas popular!!!!

Ernesto dijo...

chale, todos ponen y tú nipones.

Creo que la ocurrencia de los policias-charros fue de Rosario Robles.

Zoyre dijo...

debe ser horrible... con tu escrito menos ganas me dan de visitar aquella ciudad. Me encanta lo que escribes. De hecho soy tu fans jeje...nom'as que nunca dejo comentario. Creo que eres un misantropo tierno o un tierno misantropo jeje.

P.D. El poema lo lei' tambien en alforja

Amilcar dijo...

Jajaja, ahora si tengo un fan de verdad (por ahi dicen que tengo muchos, a ver si no se enojan).

Lidia dijo...

A mí también me gustó tu crónica. Además me agrada que hayas visto las dos caras de la ciudad, la buena y la mala. Muchos sólo mencionan las malas y sin conocer siquiera que es lo peor.
Sí digo gracias al bajar del microbús pero no me gusta decir provecho. Y uno pensaría que allá, en provincia ustedes tendrían más esa costumbre de decir esta palabra. Supuestamente. (Y esto lo menciono sin afán de ofender).
Coincido con Zoyre, tienes algunos dejos tiernos. Saludos.

Ernesto dijo...

futa ,me acordaba de este post y me puse a buscarlo para citarlo en mi blog, creo que eso de los vendedores ambulantes en Eje Central ya quedó obsoleto , quien lo dijera entonces.