jueves, septiembre 20, 2007

La toma de Chihuahua

Mi abuelo me describía los cañones instalados en lo alto del cerro, bombardeando la ciudad de Chihuahua inútilmente, pues las tropas federales estaban muy bien guarecidas. Eran como truenos que pasaban de largo, decía e imitaba un cañonazo moviendo las manos con los puños cerrados. Tal vez de ahí me viene el histrionismo.
Tiempo después, cuando los villistas lograron aquella sorprendente toma de la ciudad, apoyados desde Juárez y con muchas escenas dignas de una película (pueden leer este enlace si les interesa) mi abuelo habría de recordar como llegaron los soldados. El vivía cerca del Chuviscar, donde acampó un escuadrón. Los pintaba sucios y agotados, a los pies de sauces llorones que crecían a la orilla del rió. Las mujeres salían con canastas en la cabeza llenas de comida: pan dulce, tamales, ollas de frijoles y cazuelas con chile. No contaba que eso era una precaución contra el saqueo, pero eso lo entendí yo más tarde y no era necesario. A los niños los soldados les daban monedas para que fueran a conseguir refrescos. Había una embotelladora, subiendo por lo que ahora es la avenida Ocampo. “La Popular”.
Allá iba mi abuelo, chamagozo y descalzo, con otros niños a comprar refrescos. Unas botellas, dice, con un tapón de hule sujetadas con dos alambres, sin etiqueta ni serigrafía de ningún tipo; se empujaba el tapón y se bebía, se regresaba el envase y se volvía a llenar, se cerraba el tapón. Algunas cervezas alemanas que he probado aun utilizan ese sistema. Él nunca había probado el refresco y los soldados les “picharon” uno a cada uno de los niños. El suyo era de naranja.

Hace unos años, cuando enfermó y murió, lo que más ansiaba tomar era un poco de coca cola. Siempre se servia un vasito de vez en cuando, con esa moderación protestante que lo caracterizaba. El doctor dijo que no era necesario negarle nada a esas alturas.


2 comentarios:

Ernesto dijo...

al leer este post, me dije "qué chido tener a alguien que habiendo sido testigo , le cuente sucesos históricos" Y luego pensé , ¿qué les podría contar a mis nietos?
entonces recordé estas líneas e Octavio Paz:
Mi abuelo, al tomar el café,
me hablaba de Juárez y de Porfirio,
los zuavos y los plateados.
Y el mantel olía a pólvora.

Mi padre, al tomar la copa,
me hablaba de Zapata y de Villa, Soto y Gama y los Flores Magón.
Y el mantel olía a pólvora.

Yo me quedo callado: ¿de quién podría hablar?

Carlos dijo...

que chingonsísimo, las mitologias familiares es uno de mis géneros favoritos (más que las cronicas de pedas, incluso).