miércoles, septiembre 19, 2007




Los perros de Tindalo, de Frank Belknap Long, fue un cuento que leí hace muchos años. Debería yo tener unos doce o trece por entonces. Frank Belknap Long, tiempo después, fundó, con algunos cuantos, la editorial Arkham House, empresa que se dedicaba a rescatar al fallecido Lovecraft y a publicar nuevos autores, del tipo ahora de Ray Bradbury. Triste, siendo ellos fundadores, en el fondo, de mejor calidad en lo que producían que lo que intentaban rescatar y dar a conocer. Belknap Long murió en la pobreza. Sus admiradores tuvieron que costearle 3 mil dólares a la viuda para que tuviera un entierro digno.
En los Perros de Tindalo un hombre se dedica, durante largo tiempo, a experimentar consigo mismo. Accede a los subterfugios de su inconsciente mediante la hipnosis; experimenta, día a día, sueños maravillosos. Sueños de ciudades olvidadas, de razas magnificas y sabias que han vivido antes o después que nosotros los humanos, de mundos horrorosos y geométricos, como una fantasía de Descartes o una película de Clive Barker. Cuando empieza a ir más allá del limite propio de un ser humano, cuando su conocimiento empieza a tocar lugares insospechados y no vedados para el hombre, descubre unos extraños seres que le siguen el rastro. Ellos son los perros de Tindalo: hambrientos guardianes de lo desconocido que se mueven entre las dimensiones. Siempre van un paso atrás de él, buscando un error que lo someta a sus horrores. El personaje se da cuenta que los perros de Tindalo se mueven a través del universo por los ángulos de las figuras geométricas que lo conforman.
El cuento termina con el protagonista enloquecido, preso de su propia ambición, llenando de yeso las esquinas de su casa. Se encierra a si mismo en una esfera de yeso, que no podría ser perfecta. Debía saber desde antes que su batalla era perdida: la esfera perfecta, como tal, no tiene lugar en la realidad de este sistema cerrado que es el universo. Pero el cuento no acaba con esa ironía, propia de la Dimensión Desconocida. A los pocos días surge un sismo que agrieta las paredes: una grieta es el horror multiplicado por mil de aquel, cualquiera, que desea encerrarse creando su propio sistema. La policía sólo encuentra su cadáver con un rictus de horror que lo desfigura por completo y sus diarios, propios de una mente enloquecida. Los perros de Tindalo, dicen, y describen sus compras diarias de yeso, buscando protegerse a si mismo en una esfera arquitectónica que es una batalla perdida. Hay, al final, una referencia a un trapecio sobre el cadáver, cosa efectista pero sin importancia a lo que verdaderamente atañe.
Anteayer me quedé sólo, un poco exaltado aun por el alcohol, que sobrevivía en mi organismo desde el sagrado puente patriótico, que ni fue puente ni patriotico. Mi abuela recomendaba siempre el gis chino, como el mejor y más eficaz remedio contra los insectos rastreros. Lo usaba todo el tiempo, en el patio y la cocina de su vetusta casa de adobe, con gigantescas paredes de 90 centímetros de espesor.
Jugaba al Starcraft, juego antiquísimo de estrategia, con más de diez años de antigüedad. La raza zerg ya no resulta tan divertida en un apartamento infestado de cucarachas. Me encontraba yo en una campaña crucial: tenia que invadir el centro de comando terran o destruirlo por completo para que mi crisálida pudiera sobrevivir y evolucionar hasta el ser perfecto, aquel que nos llevaría a imponernos a todos los demás seres que se disputan el universo..En Starcraft, con los zerg, cuando creas un soldado o cualquier cosa, se escucha un ruido espantoso. Simula, magnificado, el sonido que hacen los insectos al eclosionar. Daba a luz en eso entonces, en mi nido zerg, a seis soldados zerling al mismo tiempo, con las bocinas a todo volumen (¿han vomitado alguna vez? Es un sonido parecido), cuando sentí cosquillas sobre mi mano derecha, la que sostenía el mouse, necesario para cualquier juego de estrategia. Con mi mano izquierda atendí mi resquemor, entre rascándome e intentando coger cualquier cosa que estuviera causando las molestas cosquillas. Descubrí, de pronto, en mi mano, agitándose con sus antenas y sus tres pares de patas, a una cucaracha a la cual había agarrado totalmente. Sentir su duro caparazón entre mis dedos fue algo asqueroso, sentir sus antenas golpeando hacia los lados, tocando mi dedo pulgar e índice; eso fue algo que no pude soportar. Arrojé el insecto tan lejos que hubiera jurado era la ventana. Me paré a sentir escalofríos agobiantes y decidí emprender acción: no ser más el juguete pasivo de las porquerías eclosiónantes, de los animales sin cerebro, de la podredumbre y decadencia.
Me encontraba de pronto llenando el departamento de gis chino. Cada rendija, cada oscuro rincón. Dejé cebos con comida, con sendas líneas pintadas en cada plato y papel desechable. Para mi era una guerra que no iba a terminar hasta que alguna especie sucumbiera. De pronto me sentí en aquel cuento de Belknap Long, llenando de yeso las paredes y peleando una guerra defensiva sin sentido.

Las jodidas cucarachas siguen aquí, ya no se pasean entre mis manos ni me miran frente a frente, pero se que están ahí. No importa cuantas rayas dibujé, no importa el tipo de trazos que intente hacer. Dibujaba pentagramas, seguro de que una ley pitagórica me salvaría de esa barbarie. Pero aquí están, los perros de Tindalo, y no necesitan lo ángulos para moverse.

Por si alguien tenia dudas de que, en el fondo, soy un friki nerd de mierda.

3 comentarios:

P0ko dijo...

¬¬ me cae que eres bien azotado. ¡A mi me pasó lo mismo! ¿te acuerdas, te acuerdas eh??? y no me dijiste nada, ¡hasta me regañaste! me dijiste que había asustado a Fátima y a la cucaracha porque solté tremendo grito...

Deberías de decir cosas más bonitas.

=P

Z o y r e dijo...

chale que miedo. Me quede pensando en el cuento. Sobre todo en la histeria.

Amilcar dijo...

No puedo decir cosas bonitas todo el tiempo, bicho,