domingo, febrero 10, 2008

10 de febrero


Soñé con D. en esa hora de la mañana en la que podemos recordar nuestros sueños y cualquier sonido se entromete en la fantasía. Es increíble la cantidad de recuerdos que tenía almacenada en mi subconsciente, la profusión de detalles olvidados fue maravillosa, o inesperada. Se nos olvida que el cerebro, la conciencia, es un cumulo de información abandonada, una esponja de deseos y frustraciones, anhelos, esperanzas abandonadas.
En mi sueño era un niño de segundo o tercero de secundaria, estoy en mi casa de Infonavit Nacional, todo es oscuro pues en la casa han cortado la luz. D. y yo estamos sentados a la mesa, muriéndonos de aburrimiento y me dice que puede traer la televisión para jugar videojuegos conectando un diablito con la electricidad de la calle. Ahí empiezan los detalles.
La televisión, recuerdo que estaba en su cuarto, una pequeña televisión a color de diales. Recuerdo su cuarto en el segundo piso, en otra casa de Infonavit Nacional idéntica por fuera a la mía. El padre de D. era taxista y el crédito para la casa, también recuerdo, se los había conseguido mi abuelo Raúl quien era líder charro del sindicato de trabajadores del cinematógrafo de Chihuahua, durante el ocaso lento y dorado de la CTM. La madre de D. me quería por ese motivo y me tenía deferencia.
En fin, estamos de nuevo en el sueño y D. trae la televisión a la casa y un Nintendo. En mi sueño estoy embobado viendo a D. como si yo fuera un enamorado. Veo sus cabellos peinados con partidura en medio cayendo hacia el rostro, con el exceso de gel de siempre formándole un casco en la cabeza, D. tenía el cabello rizado pero no se resignaba. Veo el acné en su rostro. Veo sus lentes redondos con demasiado aumento para un niño de quince años, esos lentes que le ganaron el apodo del “abuelo” entre sus compañeros de secundaria. Escucho su voz, ese tono de voz horrible que tenía, agudo, gangoso y autosuficiente. Pero en mi sueño D. se porta muy bien, no es el cretino que era en la vida real. Caminamos a un video club que ubico misteriosamente a unas cuadras detrás de la casa, vamos a rentar un juego y contamos nuestro dinero, sacamos muchas moneditas 2 pesos y veo un par que aun dicen 2 nuevos pesos. Dentro de mi propio sueño me fascino en los detalles: en el videoclub hay televisores y gente jugando por hora; volteo a mirar la ropa de D., lleva un pantalón caqui cómo el de la secundaria, un dickies holgado. La camiseta es de un disco de Moonspell, el disco que en la vida real me robó, entre otras cosas. Se ven sus brazos flacos que parecían no avergonzarle. No quiero perder detalle de nada pero despierto.
Despierto estoy asombrado por todo. Por el tono de voz que recordaba tan claramente, por el cabello, por el acné, por la estatura. La voz intento un buen rato recrearla pero no funciona pues no logro pensar en una línea que el diría. Sólo tengo el tono como algo persistente a lo largo del día, lo que puedo describir con los adjetivos de allá arriba.
D. y yo nos peleamos, él me robó unos discos, yo unos juegos, después ya no. Después me robaron un juego a mi que era de él (esa manía de dejar la puerta abierta) y que no le quise pagar. Eran pretextos muy estúpidos para demostrar nuestro descontento, la verdad era que después de un tiempo a mi D. no me caía bien ni yo a él. La fanfarronería de los dos era demasiado parecía para soportarnos mutuamente, el cinismo, la grosería, la autosuficiencia, la pedantés. La verdad es que cojeábamos del mismo lado.
D. tenía un automóvil, un viejo Datsun de los sesenta que parecía un zapato, un pequeño zapato azul con el motor de una aspiradora. Cada vez que giraba a la izquierda se hacia sentir su falta de dirección hidráulica y D. se veía muy cómico, dándole vueltas al volante como si fuera un timón de barco y haciendo sonar el claxon sin querer por la fricción del antebrazo derecho. Si escuchabas el claxon es que D. andaba por ahí. En esa cosita lograba meter hasta a ocho de sus amigos de la secundaria.
D. se mató en el Datsun el 31 de diciembre del 99, en el periférico. No pudo completar una vuelta y el auto chocó contra un barandal de contención. Salió volando por el retrovisor e impactó la tierra con el rostro, dice su madre que quedó irreconocible. Iba con otros cinco amigos a los que nada les pasó y algunas de las versiones dicen que el no iba manejando y protegieron a otro niño de los cargos consecuentes. Un mes antes Arturo y yo habíamos agarrado a D. a patadas por intentar robarse el identificador de llamadas de mi casa.
El primero de enero a las dos de la madrugada escuché unas piedras en mi ventana. Eran Roberto y Marcos, avisándome que D. se había matado. Lo estaban velando en tal lugar (la caja cerrada, me contó Jhonny) y lo iban a enterrar en tal lugar. Vi en su madre una transformación que sólo había leído en novelas y visto en la televisión; en una semana su pelo encaneció completamente, estaba pálida y aparecieron muchas arrugas en su rostro. Y no pensé que eso fuera en verdad posible.
En la mañana que desperté, después de saborear todos los detalles y maravillarme con los prodigios del subconsciente, descubrí que me sentía culpable, muy culpabe, por no haber tenido los huevos para asistir a su funeral.

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