viernes, mayo 30, 2008

Dame ojos milagrosos para ver mis ojos,
Circulantes espejos vivos en mi,
Cristales tremendos, más increíbles
Que todas las cosas que ven.

Chesterton

No me precio de entendido,
de desdichado me precio,
que los que no son dichosos,
¿cómo pueden ser discretos?

Lope de Vega



¿Vienes llegando? Si son casi las cuatro. Sobrio como un venado en en veda. Te has de haber quedado platicando con Daniel, ni que decir tiene.

Ay, blog, te veo, te doy vueltas y nomás no. Te cojo entre mis manos y no te encuentro solución. Hasta eso que lo intentamos, eres un cubo de Rubrick muy mal hecho..
Ya no dices nada interesante, ya no tienes nada que decir. Ni música, ni literatura, ni política. Un chiste no te sale, una anécdota no sirve. Ya no viajas de ride en camioneta, ya no te quedas en hoteles de provincia, ya no lees a Tolstoi. Eres un puto manojo de nervios, mi vida. Te veo en el metro (¿Qué linea? ¿Nueve... café? Temblando con lagrimas mientras ves los cristales a las nueve de la noche), y eso pareces: un manojo de cilantro, escuálido, espinilludo, violento, inútil. Débil.
Te acabaron las mujeres y las desveladas. Creías que podías sobrevivir con el asunto de los discos pero ni eso sirve para nada. ¿Recuerdas hace un par de meses? Cuando creías que te podías salir con la tuya. Entonces Asya se defenestró por la ventana. Todo fue tan estupido: corrías por las calles del centro, Mariana te seguía con la respiración entrecortada, como sin creer la urgencia y tu sentías entre tus manos como la transportadora se agitaba. Sabes que murió cuando cruzaste la calle, la viste hinchada antes, la sentiste revolverse y gemir... le pediste que tuviera la decencia de morirse en manos del veterinario. “Cuando menos que te ponga una inyección”, dijiste, pero jugando. Creías que ibas jugando. Pero entonces no creías que eso era lo que iba a pasar. No la muerte. Creer es muy complicado, hasta creer que esto escribo. ¿Y el tirón en la transportadora? ¿Ese quien te lo quita?
No es extraño creer que la gente no te ayuda. Después de todo: tu no ayudas a la gente. Apestas.

Te destrozaron los nervios, Blog. Los nervios, las desveladas, las mujeres. Todos uno a uno, durante años, arrancando jironcitos. “¿Por qué no escribes de mi? ¿Por qué no publicas mis comentarios? ¿Por qué el de X si?¿ Por qué morirás siendo un ojete? Yo no tengo nada que ver. Creo que eres un neurótico.”

Tan sistemáticamente que aun no se pueden dejar de acostumbrar a hacerte; destrozarte. Yo digo que eso es hacer leña del niño ahogado. Así no va el dicho, pero es bastante para mi.

Ay, ay, dame ojos para ver. ¿Cómo te recupero, a ti, a la poesía? ¿De verdad la gente cree que el daño no existe? ¿Qué nada se sacrifica en el sacrificio? ¿O es que le gusta reducirnos? No sé, blog, responde.

Llenarse la boca de hormigas rojas, de plumas de torcaza.

Entiendo tus ganas de ser borrado, entiendo tus ganas de no ser leído. Pero también entiendo tu rabiosa necesidad de existir.
Y no.


Lo que me impresiona es que a mi me vales madre, jajajaja. ¿Cómo te sobreviví?

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