lunes, julio 26, 2010

Boxeador

Recien murió el señor que me inspiró para escribir este relato. Debe ser el primer o el segundo cuento que escribí en mi vida, cuando menos con un intención definida. Tengo conciencia, por lo tanto, de que no es un buen relato. Tiene serios problemas de ritmo al final y los huecos de mi falta de habilidad intenté rellenarlos al principio con mala poesía. Sin embargo lo coloco aqui porque recien lo descubrí entre mis archivos y me gustaria que quedara como homenaje. Descanze en paz, don Arturo.


Cuando se conocieron, en enero de 1961, Arturo trabajaba cerca de la colonia Zarco. Era una zona rica en la ciudad, se veían grandes casas con fuentes y fachadas de cantera rosa y amplios jardines estilo inglés. Silvia hacia la limpieza a un par de hermanas de edad avanzada que vivían solas en una de aquellas casas. Clara y Asunción habían heredado mucho dinero de su padre, nunca se casaron ni tuvieron hijos y el tiempo les había sorprendido con su calendario deshojado y sus fuegos artificiales de año nuevo. De pronto tenían sesenta y ochenta años, sentadas a la luz de una enorme ventana con un misal en la mano y una aguja de bordar en la otra.

La casa era tan grande que necesitaban un servicio de cuatro muchachas para ellas solas. Silvia todos los días barría y hacia de comer y dos veces a la semana regaba el jardín lleno de geranios y azucenas que las ancianas hermanas plantaban y cuidaban ellas mismas; un festival de flores y aromas cuidado simétricamente. A veces al finalizar el día cómo un gesto especial, Clara, la de mayor edad, sacaba de entre sus ropas la llave de la puerta que daba al sótano. Los ojos de Silvia se dilataban ante la visión de la vieja mano temblorosa y arrugada que buscaba entre el escote. Las cuatro muchachas se abalanzaban emocionadas sobre los vestidos antiguos, los sombreros y perfumes que el sótano contenía, un tesoro acumulado durante más de sesenta años. Olores y texturas de una Europa antigua y un Oriente desconocido convivían en aquel cuarto, criando polillas que huían asustadas de la luz al abrir la puerta. Cuando las hermanas murieron la casa la heredó uno de sus sobrino-nietos. Todos aquellos vestidos anacrónicos y frascos coloridos llenos de polvo y sustancias terminaron en una caja de cartón, esperando en una esquina de la calle al camión recolector de la basura, como una mujer abandonada en una parada de autobús.

Silvia al regresar a su casa tenía que pasar forzosamente por la tapicería donde Arturo trabajaba. Él la piropeaba hasta que se perdía de vista, a veces casi rozando la obscenidad. Para ella era un alivio escapar de aquel acoso al doblar la esquina aunque sabía que al día siguiente se volvería a reanudar. Lo detestaba.

La situación duró más de un año, repitiéndose sin descanso, todos los días, de lunes a viernes, de cinco en punto a cinco y cuarto de la tarde.

Un día Arturo la invitó por fin a salir. La llevaría al cine y después al parque. Silvia lo rechazó rotundamente, soltó después una broma sobre ir en domingo a misa de novios. Arturo se quedó atónito sin saber que decir mientras ella se alejaba. No la volvió a molestar en casi dos semanas.

Pero un día la invitó al boxeo. Arturo iba a pelear. Ella había oído rumores entre las muchachas de la casa de que Arturo peleaba en la categoría Juvenil Mayor y que era muy bueno. Sin saber muy bien porqué Silvia aceptó. La pelea fue en un gimnasio viejo en el centro de la ciudad. El lugar olía a tabaco y sudor, hombres de sombrero y de dientes amarillos gritaban con todas sus fuerzas, escupían saliva negra en el piso del lugar cuando las palabras se les atragantaban. Olía también a metal, metal de billetes y monedas, de aparatos de ejercicio. La pintura amarilla de las paredes estaba agrietada y Silvia pudo observar como algunos pedazos caían en grandes costras y se partían en pequeños fragmentos en el piso. La primera pelea fue una masacre. Un vagabundo que por unos billetes se ofreció a resistir tres rounds contra la estrella semi-profesional del local. A la mitad del segundo round llegó Arturo hasta el asiento de Silvia. Apareció trotando, hacia juego de pies y no paraba de sonreír, le enseñaba los delgados brazos poniéndolos tensos para resaltar los bíceps. Saltaba de un lado a otro y a Silvia le parecía como poseído. Le juró que iba a salir intacto aquella noche. Daba golpes en el aire con la misma expresión de felicidad y confianza cuando de pronto soltó: “Si gano esta noche me vas a tener que dar un beso ¿qué te parece?” Silvia se sonrojó primero y después puso una expresión de desagrado en el rostro: “Claro que no, Arturo”.

Un hombre pequeño y obeso subió al ring y con toda la suntuosidad del mundo que podía sacar de su gran vientre anunció a los peleadores: “En esta esquina, de calzoncillos blancos, con un record de doce ganados, una perdida, siete nockouts Daniel “el chiquito” Hernández” Los hombres del lugar comenzaron a aplaudir y arrojar cerveza hacia el cuadrilátero. Alguno le escupió en el pie a Silvia. “En esta esquina, de calzoncillos rojos, con un record de diez victorias, cuatro derrotas y dos nockouts Arturo “el famoso” Martinez”. Los hombres ahora abuchearon y una sensación de vergüenza se apoderó de Silvia. Se sonrojó e intento encogerse en su asiento intentando pasar desapercibida.

Arturo se movía muy bien. Tiraba golpes que no acertaban, pero en realidad parecía estar jugando y provocando a su oponente. Hernandez sólo se cubría y se le escuchaba refunfuñar. Arturo no paraba de reírse. Así se fue todo el primer round. La gente estaba histérica.

En el segundo round comenzaron los golpes de verdad. Arturo no dejaba de hablar y de proferir burlas hasta que le cerraban la boca de un puñetazo. Se callaba un par de segundos para volver a empezar. Se podía ver el enojo de David Hernández, como iba creciendo y según pensó Silvia, amenazaba con explotarle la cabeza.

A Arturo lo molían a golpes pero no se callaba y ella estaba entre la risa y el llanto. Al principio del tercer round Hernandez se encontraba fúrico y Arturo masacrado pero sonriente. Cuando nadie lo esperaba Arturo comenzó a golpear y en menos de veinte segundos dejó a su rival en las cuerdas. Arturo trotó sonriendo hasta el lugar donde se encontraba Silvia y saludo alzando el brazo, con la cara morada y deforme, radiante de alegría. Lo último que vio fue la expresión de vergüenza de ella, justo antes de ser noqueado con un golpe en la sien.

Unos amigos de él y su manager lo llevaron hacia el camerino, todavía tambaleándose y semi inconsciente. Silvia los siguió al lugar que más bien parecía el cuarto de servicio con unos guardarropas incorporados. Ella se acercó mientras un medico le examinaba los ojos al boxeador caído. Después comenzaron a suturarle una herida en la mejilla. Arturo no podía abrir los ojos por la hinchazón y ella sintió compasión por aquel hombre que había salido a hacer el ridículo frente a tantas personas. Él de pronto se incorporo, muy rápido, rapidísimo para un hombre al que acaban de noquear y besó a Silvia en la boca. Ella sintió el sabor de la sangre coagulada y el olor fuerte del sudor. La cachetada fue tan fuerte que volvió a abrir la herida de la mejilla y alguno de aquellos hilos negros se le quedo a Silvia entre las uñas. Después no pudo contener las arcadas y vomitó a los pies del manager. Se limpió la boca indignada y se fue caminando a su casa sin poder sacarse aquel sabor metálico de entre los dientes. Comenzaron a salir juntos al día siguiente, cuando Arturo se retiró del box.


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