lunes, agosto 10, 2015

Solsticio

En el nuevo número (64) de la revista Picnic aparece un pequeño cuento mio, el cual dejo a continuación ya que la versión en linea no es la misma que la impresa:






Solsticio



Y si le metes la lengua se siente más rico.
            Así dijo David cuando le conté que había besado a una muchacha por primera vez, en el callejón detrás de la casa, a donde me habían arrastrado la disposición de ella y la presión de mis amigos. ¿Lengua? La perspectiva me horrorizó, pero fingí entereza. Yo  respetaba a mi amigo, era mayor que yo y había abandonado la escuela para trabajar en la maquila; ganaba dinero, usaba pantalones Dickies y una red para el cabello: todo un modelo a seguir:
            Òrale. Voy a intentarlo en el cine.
            Estrenaban Gasper, con Cristina Ricci. La película infantil no parecía el lugar apto para esa clase de iniciaciones, pero no había muchas alternativas. Yo tenía doce, y apenas iba a comenzar la secundaría en cuanto terminaran las vacaciones.
            En una ciudad en medio del desierto es difícil sentir la voluptuosidad del verano. La noche de San Juan, en vez de brincar hogueras, nos atacamos con baldes y bombas de agua. Siguiendo milenarios designios que habitan en nuestra sangre, los adolescentes mendigamos amor durante la primera luna llena, ceremonia reflejo de dioses olvidados:
            A huevo, y ya que estés en lo oscurito, le coges una chichi.
            Claro…
            Aquella tarde, compartiendo palomitas de boca en boca, ella y yo nos besamos hasta que se nos partieron los labios. No pude tocarla como se me había prescrito, pero olía su cuello infantil en la oscuridad del cine. Casi podía ver su aroma luminoso elevarse de su piel camino a mis fosas nasales, ansiosas, buscando apropiarse de un cuerpo de la única manera que entonces imaginaba. Alguna especia de culpa secreta por el acto se anidó en mi vientre y no quise salir de casa en una semana. Cuando me di cuenta, Rocío (ese era su nombre) andaba ya con otro. Un primo de David, tres años mayor que yo.
            Es una puta.
            Dijo David, cuando me puso al tanto de los hechos. Habían logrado que Rocío se encerrara con el susodicho primo en una habitación de la casa de David, y él y los demás muchachos del barrio espiaron desde el closet. El primo se desabrochó el pantalón, ella jugueteó un rato con su pene, entre asqueada y maravillada, y escapó después como pájaro asustado cuando escuchó las incontenibles carcajadas de sus espías. Un lejano atisbo de la vergüenza que Roció debió pasar me hizo subir los colores a la cara.
            Lancé a David un puñetazo a la cara que lo golpeó de lleno y sacó sangre de su nariz. Las gotas cayeron y se hicieron perlas de lodo rápidamente, absorbidas por la tierra seca. Es bien sabido que el calor enloquece a las personas… por desgracia, las peleas no terminan con el primer golpe:
            Puta tu madre.
            David se incorporó muy injuriado y me puso la paliza de mi vida. Por fortuna mis costillas resistieron bien a sus patadas de botas de seguridad. La masacre terminó cuando los golpes se transformaron en lágrimas. Sentado en el suelo, con el rostro aún ensangrentado, me habló entre sollozos:
            Tú no sabes. Yo la quiero.
            Él estaba enamorado de una niña y la misma presión que me embargaba, que la embargaba a ella, hacía mella sobre mi amigo. Sin saberlo, esa tarde habíamos participado de otro rito antiguo, un juicio de ordalía que lo declaró vencedor en justo y sagrado combate. Pero sólo había ganado esa miseria de saberse pequeño.
El sol gigantesco y rojo comenzó a ocultarse, aliviando un poco la canícula.
¿No quieres una cerveza?
Dijo David, arrepentido. Esa noche, con una identificación de su hermano mayor y su sueldo de maquila, bebimos una docena de cervezas que bastaron para embriagarnos como pequeños cosacos, imitando así como creíamos que eran las reconciliaciones de los hombres adultos. Nos recuerdo corriendo, llenos de risas, aventando piedritas bajo la ventana de Rocío, quien nunca se dignó a abrirnos. Acabamos huyendo de una patrulla a la que habían reportado nuestro escándalo, agazapados tras un puesto callejero de comida, vomitando hasta las tripas. Pero todo aquello último se encuentra ya muy borroso en mi memoria, apenas como un sueño.

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